El «ejército» que salvó la presidencia de Lula da Silva

Un análisis de la histórica victoria sobre Flávio Bolsonaro revela cómo el histórico líder brasileño, a los 81 años y empujado por una inesperada derrota en primera vuelta, tuvo que rendirse a la tiranía de los algoritmos y la mensajería móvil para conservar el poder.

TIAGO ROGERO (BRASILIA) / 

Cuatro días antes de consumar un regreso electoral que muchos creían imposible, Luiz Inácio Lula da Silva sucumbió finalmente a la modernidad: recibió su primer teléfono inteligente. Para un dirigente que acaba de cumplir 81 años y que durante décadas gobernó Brasil aferrado al viejo libro de peticiones, la plaza pública y el contacto directo, sostener entre sus manos una pantalla plana supuso una rendición ideológica. Hasta entonces, Lula apelaba a una máxima pragmática: usar los teléfonos de sus asistentes, únicamente cuando fuera estrictamente indispensable, para proteger sus escasos momentos de descanso.

Sin embargo, el shock de la primera vuelta electoral demolió esa resistencia. El senador de extrema derecha Flávio Bolsonaro —un candidato sin el carisma abrasivo de su padre, Jair Bolsonaro, ni un expediente legislativo destacable tras dos décadas en el Congreso— le asestó un golpe inesperado en las urnas. La lectura del veterano líder fue inmediata y contundente: la izquierda estaba perdiendo la contienda analógica, pero, sobre todo, estaba siendo aplastada en el ecosistema digital.

La guerrilla digital en las redes

La respuesta a la hegemonía de la extrema derecha no nació en los despachos oficiales del Partido de los Trabajadores (PT) ni en las agencias de publicidad contratadas por la candidatura. Surgió en la periferia del sistema, a través de una comunidad encriptada que terminó bautizándose como «El Ejército de Lula».

Lo que en la primera vuelta arrancó como un tímido canal de mensajería con apenas 60.000 integrados se transformó en cuestión de días en una maquinaria de propaganda orgánica que alcanzó los 11 millones de seguidores en WhatsApp. A la cabeza de este frente se posicionó el diputado André Janones, de 42 años, a quien el propio presidente definiría en su discurso de victoria como «nuestro general», el encargado de «elevar la moral de las tropas cada día».

«No me cabe duda de que el ejército de Lula determinó el resultado de las elecciones», reflexiona Janones con franca contundencia. «No soy modesto porque la modestia a veces raya en la hipocresía. Sé lo mucho que me beneficié de esta campaña».

El diagnóstico de Janones dividía el escenario electoral en tres frentes: el debate entre candidatos, donde la experiencia de Lula era aplastante; la movilización callejera, donde la izquierda mantenía la hegemonía de las masas; y la trinchera de las redes sociales. «No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que allí estábamos perdiendo goleados», admite el parlamentario.

Aunque el presidente en ejercicio superaba a su rival en número bruto de seguidores, el contenido generado por la maquinaria de los Bolsonaro lograba multiplicar por cinco la tasa de interacción (engagement). A ello se sumó la tensión institucional: el equipo de Lula llegó a denunciar ante el Tribunal Superior Electoral una presunta injerencia de Meta, tras un bloqueo de 24 horas que impidió promocionar anuncios en Instagram, un incidente que la compañía multinacional atribuyó posteriormente a un «error técnico».

De la camiseta ‘canarinha’ a los diplomas de batalla

Ante la imposibilidad de competir con la pauta publicitaria de su rival, la estrategia viró hacia la movilización orgánica de la base. Una de las operaciones más simbólicas consistió en disputar los símbolos patrios que la extrema derecha se había apropiado durante la última década. Una semana antes del balotaje, se ordenó al «ejército» digital publicar imágenes haciendo la señal de la «L» con los dedos pulgar e índice, vistiendo la camiseta amarilla de la selección brasileña de fútbol.

Sidneia dos Santos Araujo, una empleada doméstica de 63 años, fue una de las millones de personas que ejecutó la «misión» diaria. «La camiseta de los partidarios de Lula es la brasileña. Los partidarios de Bolsonaro deberían llevar la de Estados Unidos», explica dos Santos, ironizando sobre la alineación del clan Bolsonaro con el expresidente norteamericano Donald Trump y el viaje de Flávio a Miami tras el proceso electoral.

La dinámica derivó en un fenómeno sociológico. Al día siguiente de la votación, la propia Sidneia diseñó una plantilla en Google Drive para emitir «certificados de servicio militar digital». Los documentos, que se volvieron virales en todo el país, acreditaban que el usuario había mantenido una «conducta ejemplar en defensa de la democracia» y llevaban estampadas las firmas del «mariscal» Lula y del «comandante» Janones.

«Buscábamos crear un sentido de comunidad, la certeza de que el militante no estaba solo», señala Janones.

Para Raquel Recuero, investigadora y académica de la Universidad Federal de Pelotas, la clave del éxito del canal radicó en transformar la angustia política en acción directa. «El grupo le dio a los votantes un sentido de propósito y la oportunidad de canalizar su energía en tareas concretas para empujar la candidatura», analiza la experta.

La irrupción de los nativos digitales

El giro estratégico no solo dependió del aparato de WhatsApp. La renovación de la narrativa de izquierda estuvo empujada por figuras como Ana Elisa Santos (conocida como Ana Elisa), de 21 años, quien tras convertirse en la diputada más joven en la historia del estado de Minas Gerais publicó un vídeo viral que sacudió la directiva del partido. Elisa advertía que la izquierda debía desprenderse de la soberbia intelectual y entender que «ya no existe separación entre la calle y la red; la base social también habita en Instagram y TikTok».

Convocada de urgencia a una reunión con Lula, la joven parlamentaria persuadió al veterano dirigente de grabar vídeos en formato selfie, una dinámica que el expresidente se había negado rotundamente a realizar durante décadas.

En paralelo, la presión en las redes se convirtió en un desafío público. Janones prometió en una transmisión en directo que si el grupo de WhatsApp alcanzaba los 5 millones de usuarios, Lula compraría un teléfono inteligente y se uniría personalmente a la red. El hito se superó en cuestión de horas y, tras recibir un dispositivo de regalo por parte de un aliado político, el presidente electo pasó a formar parte del chat global.

El costo humano y la gobernabilidad en el horizonte

El despliegue digital no estuvo exento de secuelas físicas. El nivel de tensión llegó a su punto crítico cuando el propio Janones sufrió una arritmia cardíaca tras el primer debate presidencial, lo que le obligó a permanecer 24 horas ingresado en un centro hospitalario. Fue el único día en que el «Ejército de Lula» guardó estricto silencio.

Con la victoria electoral asegurada, la duda que planea sobre Brasilia es si esta red de contención popular podrá sostenerse en el tiempo. Analistas como Recuero advierten sobre el «costo social» y la fatiga que genera un nivel de hiperconectividad tan exigente. Sin embargo, en el entorno del presidente consideran que desmantelar la estructura sería un error estratégico insalvable.

Frente a un Congreso donde el bloque conservador y las fuerzas aliadas a Bolsonaro obtuvieron una representación sin precedentes, la trinchera digital se perfila como el contrapeso indispensable para la gestión diaria del Ejecutivo.

«Ya no podemos abandonar la dinámica de campaña», concluye Janones. «Este ejército digital ya no es solo un instrumento electoral; es lo que garantizará la capacidad real de Lula para gobernar Brasil».

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